Prólogo

Por fin, el barco surcaba el mar tranquilo, mar que reflejaba el cielo nocturno como si sobre sobre azogue navegasen. No había sido un viaje sencillo, y mucho menos tranquilo, pero ahora que había acabado con aquellos piratas, el SS Great Eastern podía continuar su ruta y dejarlo a él; y a los otros viajeros, en su mayoría comerciantes atraídos por la reciente apertura de Japón, en un puerto seguro.

A Titus no le cabía duda de que habría podido él solo con los piratas, pero en esta ocasión había contado con la mejor ayuda que se podría esperar.... todo gracias a su nuevo compañero, Saber.
Ambos se encontraban en la cubierta, observando el horizonte inmutable, esa delgada linea, casi invisible en la noche, que separaba dos conceptos igual de inabarcables.

-Titus -dijo Saber- Llegaremos pronto. ¿Estás preparado?

Titus no respondió. En ese momento solo podía pensar en una cosa: venganza. Por fin la venganza parecía posible. ¡Pero no debía pedir el poder para vengarse! No. Debía pedir algo más concreto. Pedir venganza puede que no le diese la oportunidad de disfrutarla, y aunque pidiese el poder para llevarla a cabo puede que nunca lo encontrase. Y sin embargo debía tener cuidado con lo que pedía. ¿En cuantas historias no se había vuelto un deseo en contra de aquél que lo había pedido? No iba a caer en un truco tan viejo. Al fin y al cabo, solo un imbecil aprende de sus errores. Los sabios aprenden de los errores de los demás.

De pronto, el sentimiento de venganza desapareció de Titus para dar paso a la impaciencia y a un nerviosismo impropios de él. A lo lejos, tras tanto tiempo, podían verse las luces de una pequeña ciudad portuaria, exótica y misteriosa para él, pero que representaba un claro concepto en su mente: Fuyuki, el escenario de la segunda guerra del Santo Grial. Era el lugar donde, tras vencer a todos los demás, obtendría al fin su ansiada venganza contra aquél hombre que se lo había arrebatado todo y más.

El ansia de venganza volvió a inundarlo mientras observaba la lejana ciudad. ¿Tal vez tres, quizá cuatro horas más antes de que todo empezase? Pero al mismo tiempo lo inundaba la duda. ¿Y si no podía ganar aquella guerra? ¿Qué monstruos lo esperaban en la ciudad? ¿A qué estarían dispuestos con tal de ganar? Y después de vencer, ¿qué debía pedir? La recurrente pregunta que lo asaltaba una y otra vez mientras el barco cortaba la tranquila superficie del azogue al avanzar.

Sin embargo, esas preguntas desaparecieron en un instante, al mismo tiempo que una enorme columna de fuego de más de cien metros se alzaba contra el cielo estrellado en la lejanía, entre las luces de la ciudad.
Titus sonrió. Ya no había dudas. Ya no había temor. Ya no había peocupaciones. Solo una clara determinación, y una nueva certeza...

Él estaba allí.